Aquel juramento fúnebre

Media noche y acababa de hablar contigo, de cruzar la últimas palabras del día, esperaba que fueran esperanzadoras tan siquiera entre una que otra sílaba, pero no fue así, luego de una conversación que había comenzado de la forma más especial posible según el momento, te habías despedido con el veneno más mortal.

Sólo lograba escuchar la lluvia golpeando la calle y algunos pocos carros que pasaban por la avenida, los golpes irónicamente secos de la gotas de lluvia contra la ventana de mi habitación acompañaban el triste palpitar de mi corazón, ese latir lento y agotado que no soportaba una presión más, una puñalada más que me desangrara en la más hondo de mi ser.

Una gastritis severa, aparecida de la nada, devoraba rápidamente mi estómago, a la vez que una lágrima ácida se derramaba por el borde de mi nariz quemándome si piedad alguna; sentía como éste no era el único ardor que me vencería en los siguientes segundos. Una orquesta de lamentos invadieron mi mente con imágenes de lo lejanos y bellos que fueron aquellos tres años y medio, de nuevo sentía tu cuerpo, tus besos, tus caricias y risas rodeando mi existencia, pero tristemente, era sólo una ilusión, un inútil placebo que arrugaría mi órgano más débil, el más vulnerable ante ti, mi corazón, aquel inútil al cual jamás le enseñaste como subsistir sobrellevando tu ausencia, desprecio y rechazo.

Un grito ahogado se apoderó de mi mente, mis ojos sólo lograban enfocar aquella pintura tuya que venía preparando para entregártela cuando lograra expresarte finalmente todo el amor que sentía; cuanto dolor sentí cuando fui consciente que en tus ojos ya no estaba yo. Quise moverme pero mis músculos habían muerto, aquel gesto fúnebre en mi rostro sólo respondía al insignificante objeto en que me había convertido para ti.

Aquel cadáver frío e inmóvil que yacía sobre la cama en la cual tantas veces me amaste, era ya tan sólo un mal recuerdo. Mi espíritu se sumergió en un pantano de penas que lentamente van borrando tu memoria para torturarme en el olvido, mientras amas a alguien más, sin ser consciente que nadie te volverá a amar igual.

La noche guardo el secreto de aquella silenciosa muerte bañada en llanto, tal y como se guardó los momentos en que te miraba a los ojos y con un leve murmullo que brotaba del corazón te juraba: “te amo y siempre lo haré”… Pero no me dejaste demostrarlo.

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